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ISBN 978-607-8528-63-9

El ámbito económico y geopolítico

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Al término de la Primera Guerra Mundial algunas colonias y protectorados en África y Asia obtienen su independencia y surgen nuevos países después de la desintegración del Imperio Austro–Húngaro. La gran mayoría de las colonias alcanzarían la independencia al finalizar la Segunda Guerra y durante los años cincuenta y sesenta, en un largo proceso de descolonización impulsado en parte por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En Europa, después de la Primera Guerra y en los albores de la Segunda, aparecen los conflictos entre los gobiernos totalitarios —el comunismo soviético, el nazismo alemán, el fascismo italiano— y, además, la reconfiguración geopolítica y el surgimiento de nuevos países.

Las exposiciones europeas y norteamericanas del periodo de entreguerras proporcionan una ventana de observación de las estrategias que se establecen a escala mundial, desde los diversos grupos de actores participantes, para enfrentar las crisis de orden ideológico y simbólico que en torno al proyecto de la modernidad tienen lugar en los años posteriores a la Primera Guerra —de 1914 a 1918— y a la Gran Depresión económica que estalló en Estados Unidos y se propagó a Europa—de 1929 a 1939.

El periodo de entreguerras es un momento reflexivo en Europa y Estados Unidos, derivado del desencanto social después de la Primera Guerra y de la crisis económica internacional. Las grandes promesas que se han colocado en diversos escenarios de visibilización desde la segunda mitad del siglo XIX se quiebran ante las evidencias de su fragilidad, mostradas en las trasformaciones sociales de los espacios públicos y privados, tanto en el ámbito del trabajo como en la vida doméstica —el desempleo, la disminución en el nivel adquisitivo, los cambios de roles en la familia, la urbanización y la pauperización de un número cada vez mayor de habitantes de las ciudades—, se ponen en duda fundamentos esenciales como el progreso universal —económico, intelectual, social— que había sentado sus bases durante el siglo XIX en el libre comercio y en el desarrollo científico–tecnológico. Además, en cuestiones sociales y culturales surge la noción y forma de vida de “la clase media”, que tanto en Europa como en Estados Unidos da lugar a nuevas expresiones, formas de organización, necesidades, espacios y prácticas.

Hacia fines de los años treinta se avizora en el escenario mundial la segunda conflagración internacional. Las trasformaciones de los sistemas productivos con la incorporación de la línea de producción y ensamblaje, la adopción cada vez más generalizada del “fordismo” en los procesos automatizados, y la necesaria racionalización impuesta por la situación de la posguerra permiten advertir una tendencia hacia la estandarización y masificación industriales, que sería recibida con muy diferente actitud en los países europeos y en Estados Unidos. La conformación de lo que más tarde los académicos etiquetarían como “sociedad de masas” y “cultura de masas” genera, en cada caso, inquietudes y reflexiones críticas.

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El ámbito sociocultural

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“Durante la década de 1930 las plataformas técnicas de circulación masiva, es decir la prensa y la radio, se encontraban disponibles tanto en la Unión Soviética y la Alemania nazi, así como en Gran Bretaña y los Estados Unidos”, de acuerdo con Benkler (2006; véase referencia en Del progreso a la armonía), aunque las “muy distintas estructuras políticas y legales de las dos primeras crearon una esfera pública autoritaria, mientras que las otras dos, ambas esferas públicas liberales, difirieron significativamente en la organización empresarial y el modelo económico de producción, el marco legal y las prácticas culturales de lectura y escucha, dando lugar a la superposición aún elitista de la esfera pública en Gran Bretaña, respecto de una esfera pública más populista en los Estados Unidos”.

Estas condiciones gestan visiones del mundo en las sociedades democráticas o autoritarias de Europa y Estados Unidos respecto del desarrollo científico y tecnológico, y de su intervención y mediación entre las incipientes sociedades de masas y una naturaleza en apariencia controlada, sometida a procesos de trasformación anclados en el conocimiento científico. A través de estas exposiciones, en su calidad de dispositivos de escenificación, visibilización y modelación, es posible ver la lucha por la hegemonía de una manera de ver el mundo, de habitarlo y practicarlo; una manera de imaginar el futuro y una nueva forma de percepción y relación con el medio natural. Es en el intermedio de las guerras que redefinen el orden geopolítico y económico a escala planetaria cuando se libra una batalla por la instauración de un discurso dominante a largo plazo en el mundo occidental, un modelo de mundo que permea la configuración del imaginario social en Occidente en la segunda mitad del siglo XX. Es la batalla por el orden simbólico hegemónico la que se vislumbra en las exposiciones del periodo de entreguerras.

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La ciencia y la tecnología

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En el periodo de entreguerras, en el contexto de la sociedad y la cultura de masas, se tiene acceso a la trasformación de la naturaleza a partir de los desarrollos de la física y la química. Los factores clave en la forma de intervenir y trasformar los elementos y procesos naturales pueden situarse en relación con los avances en ciertas vertientes de la física y la química, originados en las primeras décadas del siglo XX, favorecidos por la Gran Guerra y consolidados poco después. La institucionalización de la ciencia, su creciente especialización y su cada vez más evidente disposición técnica dan lugar a su colocación como elemento estratégico en la disputa por el poder material y simbólico.

El papel de la ciencia está estructuralmente articulado con factores de índole económica: la producción en masa y la división del trabajo; geopolítica: las formas específicas que adoptaría la democracia en diferentes regiones geográficas y su contraparte en los regímenes autoritarios, y simbólica: la estructuración y (re)configuración de la esfera pública en términos de la intervención de los medios masivos de comunicación a lo largo del siglo XX en todas las sociedades modernas avanzadas. En esta disputa se confiere al conocimiento científico una posición estratégica de autoridad simbólica, que trasciende el mero vínculo con la promesa del progreso que se habría realizado en las sociedades industriales del siglo XIX, y la ubica como condición de posibilidad para un modo de producción, masivo y estandarizado, dependiente de la instrumentación del conocimiento por la vía de la técnica —“la era de la máquina” o el periodo “neotécnico”, formulado por Lewis Mumford—. La ciencia, en su carácter de conocimiento aplicable, se sitúa como un régimen de verdad que sustenta las decisiones y acciones de las décadas por venir, difundido y legitimado a través de los cada vez más influyentes mass media.

La aparente ausencia de la naturaleza en el diseño de un mundo altamente tecnificado se ve contrarrestada cuando su presencia se advierte en diversos aspectos que destacan la intervención de la ciencia en el mejoramiento de la vida social a través del control de elementos y procesos naturales, asunto que permite un distanciamiento conveniente de la naturaleza, por ejemplo en la promoción del control de plagas con insecticidas y venenos, tanto en el ámbito agrícola como en el doméstico, o en la posibilidad de obtener productos alimenticios higiénicos, empacados y susceptibles de ser conservados a largo plazo —lo que resulta evidente en el material que se exhibe en Nueva York 1939, en artículos y anuncios publicitarios de prensa y revistas de la época, como el pie de foto en la National Geographic Magazine: “Aceites mezclados con veneno hacen sprays mortales contra insectos depredadores en los árboles frutales”.

El papel del intelectual “específico” se gesta en el periodo de entreguerras y se consolida en la Segunda Guerra Mundial, con la física nuclear y el papel de los científicos en la construcción de la bomba atómica, específicamente en Estados Unidos. Es el sabio experto que interviene políticamente. En 1939 Albert Einstein advierte al presidente Roosevelt de que los alemanes intentan construir una bomba atómica, lo que provoca el impulso a las investigaciones y experimentos a cargo de Robert Oppenheimer y un equipo de físicos notables como Enrico Fermi y Niels Böhr, entre varios más.

El ejemplo del eugenismo, surgido en el periodo de entreguerras, ilustra la posición de los sabios expertos, cuyos saberes dan lugar a posturas proclives al racismo científico. En épocas posteriores los teóricos de la ecología se sitúan en una postura equivalente, y también los biotecnólogos, ya que su capacidad de intervención en la vida y en la administración de la vida por venir modifica su estatus en la sociedad con la adquisición de responsabilidades políticas.

En este periodo se encuentran claves importantes para entender el discurso que se instala desde la mitad del siglo XX: el papel de la ciencia en la trasformación de la naturaleza hacia la naturaleza sintética, donde lo importante son las materias primas para la elaboración de nuevos elementos, que se desprenden de su origen natural y devienen en productos artificiales o sintéticos, derivados del petróleo. Lo sintético se coloca como símbolo de progreso y promesa de prosperidad económica y social. Esto, aunado al desplazamiento del estatus de la ciencia hacia la aplicación en la industria y la promoción del consumo como práctica social fundamental, da lugar a nuevas formas de relación, una naturaleza distante y menos apreciada por su carácter natural —lo que se combina con referencias pseudorrománticas a los jardines, las áreas verdes, o los “greening belts” de la City de Mumford, que propone ya desde entonces una integración de lo rural–campestre con lo urbano.

Alemania experimenta con alimentos sintéticos después de la Primera Guerra, y en otras aplicaciones de la química industrial el objetivo es construir moléculas específicas de polímeros. El equipo de investigación de I. G. Farben sintetiza un polímero nuevo al día durante varios años y, ante la amenaza comercial que supone, en 1927 la compañía estadounidense DuPont aumenta considerablemente el presupuesto destinado a la investigación en el departamento químico.

En la búsqueda de un producto capaz de sustituir a la seda, W. H. Carothers, en DuPont, desarrolla moléculas en cadena de mayores dimensiones cada vez y con mayores pesos moleculares: los poliésteres. Una de sus propiedades es la capacidad de prolongarse en forma de un filamento largo, delgado y resistente. Coffman continúa con las investigaciones orientadas a construir una fibra con la que pueda crearse un tejido sintético viable comercialmente, que resista tirones a bajas temperaturas, y se obtiene así un nuevo polímero, resistente y brillante.

El nylon —o nailon—, se patenta el 28 de abril de 1937 y se presenta al público en el Maravilloso Mundo de la Química, organizado por DuPont para la NYWF de 1939. Un comentario del New York Times sobre el nailon proporciona elementos para comprender la forma en que se percibe la relación con la naturaleza a partir de la invención de nuevos materiales, de lo sintético, cuya característica más relevante estriba en abrir la posibilidad de desvinculación efectiva de lo natural: “El nailon es diferente, pues no cuenta con ningún referente químico natural [...] Supone un control tan perfecto sobre la materia que hará que los hombres no necesiten depender por completo de los animales, las plantas y la corteza terrestre para obtener alimento, vestidos y material estructural” (Watson, 2007).

Una revisión del artículo del número de noviembre de 1939 de National Geographic, “Los químicos hacen un nuevo mundo”, contribuye a reconstruir y comprender el contexto histórico en el que se configura el discurso posible, que ha sido trasladado, reconfigurado y representado intencionalmente en el discurso de los actores dominantes en la NYWF. Ahí se argumenta que por razones económicas, políticas y hasta geográficas “el hombre está creando este mundo de cosas artificiales” que le permitirán ser independiente de la benevolente Madre Naturaleza. Se resalta la importancia de los avances en la ingeniería, que han dado lugar al desarrollo de nuevas máquinas y a la producción de nuevos metales, que a su vez han hecho posible el estudio y la experimentación con los componentes elementales que constituyen y conforman los materiales naturales que tradicionalmente se han utilizado en la producción industrial.

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Instituciones y movimientos sociales

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Lo que se plantea al inicio como una pequeña exposición de artesanía e industria francesas termina como una gran exposición internacional, con la confluencia de las potencias europeas, que construyen pabellones espectaculares cuya significación ha sido objeto de análisis desde la política, la arquitectura y el diseño. Llaman la atención los colosales pabellones de la Unión Soviética y la Alemania nazi —diseñado por Albert Speer—, frente a frente a orillas del Sena, como preámbulo de la inminente conflagración mundial. El evento cumple una función de “diplomacia suave”, y una de las preocupaciones centrales del gobierno del Frente Popular es la restitución de las buenas relaciones con Alemania.

La exposición de 1937 se planea entre diversos acuerdos y desacuerdos de las facciones políticas, hay rupturas internas y tensiones de orden ideológico en la búsqueda tanto de una “izquierda francesa” como de una derecha con identidad propia. Unos y otros deben responder a las presiones externas del fascismo italiano, del nazismo y del comunismo soviético, que se combinan con las luchas entre obreros e industriales por la mejora de las condiciones laborales. La amenaza de una revuelta hace más urgente la necesidad de garantizar la paz hacia el exterior; por ello es fundamental mostrar una apariencia de nación unificada. El Bureau International des Expositions (BIE), creado en 1928, tiene sus oficinas principales en París, pero no se ha logrado consolidar aún como institución normativa para las exposiciones mundiales. En la de París del 37 se rompen muchas de las reglas acordadas por los países miembros del BIE. El Frente Popular responde a las presiones internas y externas con ampliaciones del espacio para la exposición, con una mayor inversión para las secciones francesas y con áreas de exhibición dedicadas a los obreros y campesinos. Durante los años de preparación se viven trasformaciones y vaivenes en los objetivos, en el diseño y en la orientación política de la exposición, que se ha convertido en un affaire d’Etat.

En Inglaterra, después de la Primera Guerra, surgen metáforas como la de concebir a las poblaciones semejantes a “bestias” o “pulpos” que amenazan con tragarse los territorios vírgenes por efecto de la expansión urbana. La torre de electricidad (pylon) se convierte en un símbolo del peligro de la modernización sobre el paisaje rural; es utilizado por movimientos preservacionistas que se autodenominan “anti–Pylon” y que provocan un debate nacional, colocando en el centro de las inquietudes la preservación de la naturaleza y su belleza. Estas preocupaciones derivan en acciones encaminadas a la conservación científica de la naturaleza, la preservación del medio rural y el patrimonio, el control de la contaminación del aire y los ríos, y la planeación de entornos rurales y urbanos agradables. La naturaleza empieza a verse como algo vulnerable; la disputa por la naturaleza se da en el contexto de las luchas entre clases, tanto en el campo como en la ciudad: entre terratenientes, trabajadores del campo, industriales y obreros.

En esos años las preocupaciones en Estados Unidos se refieren a la vida rural y el hacinamiento urbano. En Alemania la visión orgánica del “hombre como parte de la naturaleza” se vincula con el nazismo, de manera que en la posguerra los esfuerzos se encaminan a convertir la biología en una ciencia objetiva, lejana a cualquier asociación con el “amor a la naturaleza”. En 1923 se celebra en París el I Congreso Internacional para la Protección de la Naturaleza, y años después, en 1947 la ONU crea la Unión Internacional Provisional para la Protección de la Naturaleza.

En los años treinta, en Chicago se adopta la analogía de comunidad como superorganismo en la ecología animal, y se promueve una visión de la ecología y de la sociedad humana basada en la premisa de que la cooperación es una función natural del comportamiento animal. La publicación más importante de la Escuela de Ecología de Chicago hace uso explícito de la ecología como fuente de un sistema holista de valores y plantea que la interdependencia ecológica simboliza la tendencia general de la naturaleza a evolucionar en dirección de una mayor integración. Los investigadores de la escuela rechazan el individualismo competitivo de otras instituciones y fomentan la cooperación como modelo de las relaciones internacionales y la reforma social. Los humanos son considerados el producto más alto de la evolución dirigida, logro conseguido a través de la innovación tecnológica. Esto vincula el desarrollo de la ciencia de la ecología con el discurso que se coloca en las exposiciones, tanto del periodo de entreguerras como de los primeros años de la posguerra, que abreva del optimismo fundamentado en el progreso industrial y en el desarrollo científico–tecnológico.

La tensión permanente entre dos formas diferenciadas de concebir la relación entre sociedades humanas y naturaleza ha sido un tema recurrente en estudios históricos: la que propone y justifica el dominio legítimo sobre la naturaleza por parte del ser humano, y la que propone la convivencia armónica entre los elementos que la constituyen. Esta última, que busca hacer compatible la trasformación del entorno y el uso y explotación de los recursos naturales con la conservación y el cuidado de la naturaleza, tiene antecedentes identificables en épocas previas a la Revolución Industrial y se vincula a las propuestas y los planteamientos actuales de movimientos sociales ambientalistas y a formulaciones institucionales sobre el desarrollo sustentable.

El medio ambiente —noción que se acuña en el siglo XX y corresponde a cierta visión y construcción de la naturaleza y sus relaciones con las sociedades humanas— es conceptualizado como el complejo entramado del entorno natural y artificial y las sociedades humanas, en las que se consideran tanto los elementos estructurales como las prácticas culturales. Es la formación del medioambiente como territorio de lucha y negociación entre actores con concepciones y posiciones irreconciliables en el nuevo proyecto civilizatorio, que se anuncia en el periodo de entreguerras y que se concreta de forma paulatina en las décadas de la posguerra.

París 1937. La Exposition Internationale des Arts et Techniques dans la Vie Moderne

En esta exposición se considera fundamental mostrar a Francia como una nación progresista y con una visión del futuro; sobre todo en lo referente al orden geopolítico mundial, con preocupación y expectativas contradictorias con respecto a las visiones que ofrecen el nacional–socialismo y el comunismo soviético. Francia enfrenta dificultades para presentarse como una nación unificada y con una identidad propia. Se plantea la necesidad de preservar las tradiciones francesas para resolver la discusión entre la agricultura y la industria, entre ciudad y campo, derivadas de la tensión entre modernidad y tradición que tiene lugar a partir del desarrollo de las sociedades industriales. Pensadores e intelectuales hacen patente su inquietud en torno al predominio creciente de la máquina y los temores que suscita sobre la condición humana, sobre la excesiva urbanización e industrialización que a su vez trasforma las relaciones y proporciones entre la población urbana y rural. Para Francia resulta relevante la amenaza de la mecanización de la producción y la estandarización de los artículos, el distanciamiento con las formas tradicionales de manufactura artesanal, la mecanización de la agricultura y la trasformación en el valor que se les atribuye a la calidad y a la originalidad.

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La idea de una “sociedad balanceada” como modelo para la Francia de la posguerra se fortalece en los años posteriores a la Gran Depresión, de la que se ha librado hasta ese momento. El argumento central es que la resistencia a la sobreindustrialización y al uso intensivo de técnicas de producción como el fordismo y el taylorismo, así como su resistencia a una mecanización excesiva, ha redundado en mantener al país como “una isla de prosperidad en un mundo en crisis”. Se propone un modelo de integración entre las formas tradicionales de producción artesanal y los métodos, instrumentos y técnicas modernas. En realidad la situación de posguerra y posdepresión desafía este balance, inclinando las tendencias hacia una mayor racionalización económica que redunda en una creciente estandarización de los productos y en mayor desplazamiento del campo a la ciudad, aspectos que son objeto de críticas tanto de los intelectuales franceses de la época, que ven con desagrado la posible americanización de la cultura y forma de vida francesas, como de la clase política de la Tercera República, que se radicaliza aún más con la llegada del Frente Popular al poder en los años previos a la realización de la exposición.

En el marco de la exposición se diseña y construye el Palais de la Découverte (Palacio de los Descubrimientos), en un ala del Grand Palais. Jean Perrin —Premio Nobel de Física—, en la ceremonia de inauguración del 24 de mayo, se refiere al recinto como la “Catedral de los nuevos tiempos” o la “Catedral de la ciencia francesa”, cuyo planteamiento fundamental es que hay que partir del experimento y no de la exhibición de objetos y resultados. Se desarrolla una cuidadosa estrategia para “mostrar la ciencia tal como se está haciendo en los laboratorios”, con el propósito de persuadir al público no especializado de la importancia de apoyar el desarrollo científico en Francia, llevado a cabo por los científicos agrupados en la reciente unión de sociedades científicas.

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La preocupación que se vive en diferentes escalas en el país, así como la inquietud por consolidar una sociedad balanceada, permean el discurso de los organizadores de la exposición. El comisionado, Edmond Labbé, plantea que “el regionalismo no debe pugnar por la preservación total de las viejas formas, condenando las artesanías locales al estancamiento”, en vez de eso debe demostrar “lo que la inspiración moderna y las técnicas pueden hacer para dar lugar a nuevas formas de vida”. En la exposición se resalta la conveniencia de revivir las especialidades regionales y de renovar los estilos artesanales de producción para recuperar la vitalidad económica de Francia. Se busca la construcción de una identidad nacional a partir del vínculo entre tradición y modernización.

La arquitectura y las expresiones artísticas surgidas en Europa en los años veinte y treinta están ausentes en los pabellones alemán y soviético de la exposición, se sustituyen por el realismo socialista y el estilo que promueve el Tercer Reich contra el espíritu de las escuelas de vanguardia, como la Bauhaus, que marca una clara diferencia con respecto a París 1925, donde el objetivo fue destacar la importancia de las corrientes artísticas vanguardistas.

El papel del arquitecto suizo —nacionalizado francés— Le Corbusier es central en la arquitectura de la exposición del 37 por la controversia que provoca en la arquitectura francesa y por su influencia en el diseño urbano y arquitectónico de otros países, en particular en Estados Unidos, donde se aprecia en los diseños de casas y ciudades presentados en la NYWF de 1939. En Francia hay resistencia a las propuestas vanguardistas de Le Corbusier por el riesgo de perder la identidad del país asociada a la Belle Époque y caer en una americanización de la cultura: la gran preocupación de la época, que se manifiesta en diversos aspectos del pensamiento intelectual. En la Exposition del 37 Le Corbusier diseña el Pavilion des Temps Nouveaux de estilo “modernista”; en el interior hay fotomontajes de pistones, tubos, circuitos, válvulas, de líneas bien delimitadas y colores brillantes, con el fin de mostrar las bondades y conveniencias, desde la perspectiva artística, de la sociedad mecanizada y progresista.

La Exposition del 37 desempeña también un importante papel en los procesos de institucionalización de la ciencia en Europa, y con énfasis en el desarrollo de la física de frontera, representada por Alemania y Estados Unidos, con sus incursiones desde la mecánica cuántica en las entrañas de la materia y los primeros atisbos de la factibilidad de su desintegración.

El inmenso pabellón de Alemania, diseñado por Albert Speer, de líneas rectas y austeras y coronado por la suástica y el águila del Reich, constituye “la más elaborada manifestación en la pre–guerra de la cultura del Nacional–Socialismo fuera de Alemania”, de acuerdo con Fiss (1995; véase referencia en Del progreso a la armonía). En su interior se exhiben los avances de los científicos alemanes, en particular en química y el desarrollo de polímeros.

Nueva York 1939. The New World of Tomorrow

En Estados Unidos el arte —y con éste la ciencia y el resto de elementos que configurarían la identidad nacional— están al servicio de la industria; principio rector de las ferias mundiales de los años treinta, que se origina en Chicago en 1933 y luce en todo su esplendor en la última del periodo de entreguerras: la New York World’s Fair (NYWF) de 1939.

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Las WF de ese tiempo en Estados Unidos se realizan con la intención explícita del gobierno de recuperar la confianza en las posibilidades que tiene el país para salir con éxito de la Gran Depresión y situarse en una posición competitiva en el plano internacional. Es en la NYWF del 39 donde estas intenciones se consolidan, a la vez que derivan en el objetivo más ambicioso de generar esperanza, y lo hacen a través del diseño y construcción de “The New World of Tomorrow”.

La conmemoración de los 150 años de la toma de posesión de George Washington como primer presidente es el punto de partida para proponer una gran World’s Fair en la ciudad de Nueva York. La urgencia claramente identificable es recuperar la confianza en el país y generar esperanza en medio de la Gran Depresión y la época de la posguerra, con el apoyo y el impulso del gobierno de Roosevelt en alianza con las grandes corporaciones. La WF se promueve en todo el país con el objetivo de proponer a sus habitantes, en especial a la clase media, un escenario de posibilidades y opciones concretas para mejorar la calidad de vida que se ha visto amenazada en los años recientes, en una nación capaz de diseñar su propia versión de la modernidad. El New Deal tiene ya impacto en diversas esferas de la vida económica, pero no es necesario un dispositivo de orden simbólico que incida en espacios cotidianos —tanto públicos como privados—, y el escenario de las World’s Fairs resulta el más propicio a los ojos del mismo Roosevelt y las corporaciones. Hacia el exterior, el objetivo central manifiesto es la congregación de las naciones con la propuesta de reconocer y fomentar la interdependencia para la recuperación de la prosperidad económica internacional.

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Para la NYWF se desarrolla el tema de la construcción del futuro, Building The New World of Tomorrow, que se objetiva material y discursivamente en todos los elementos de la exposición. El Futuro y el Nuevo Mundo —el mundo del mañana— protagonizan y dan forma a toda la propuesta discursiva, lo que puede constatarse en las guías y los folletos oficiales, documentos, notas de prensa, discursos y presentaciones públicas, en los edificios, pabellones, exhibiciones y áreas de circulación del recinto, en el material audiovisual que se difunde al exterior de la feria y que forma parte de las exhibiciones, así como en las exhibiciones, cuya nueva propuesta museográfica —la poética de las exhibiciones— incorporaba al visitante de manera inmersiva e interactiva, presentando dioramas dinámicos de grandes dimensiones —como el Futurama de General Motors o la Democracity del Perisphere—, en los que el público ingresa a espacios que simulan un gran teatro, con plataformas o butacas móviles, y es espectador de presentaciones y representaciones con movimiento, maquetas, material sonoro y audiovisual y recorridos que conducen “al nuevo mundo del mañana”.

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La difusión y venta internacional de la NYWF se organiza en torno al principio de interdependencia de las naciones en el siglo XX. El presidente de la expo, Grover Whalen, solicita al magnate Howard Hughes que reparta volantes en su vuelo por el mundo, quien coloca el logo del Thrylon y el Perisphere en su avión como parte de la estrategia publicitaria.

La exposición se inaugura el 30 de abril de 1939 con la presencia y un discurso del presidente F. D. Roosevelt, visto por el público a través “del medio del futuro”: la televisión, en la primera trasmisión pública realizada desde Nueva York.

El tema se materializa en el “Theme Center”, situado en un punto estratégico del recinto de la feria y constituido por dos enormes figuras geométricas “perfectas”: el triángulo y la esfera, integradas en el diseño para representar el tema. El Thrylon y el Perisphere son términos acuñados para nombrar a los símbolos de la democracia y el futuro.

Los grandes diseñadores convocados para intervenir en la WF se conciben a sí mismos como diseñadores industriales y teóricos sociales: trabajan, en primer lugar, en la elaboración de la estructura de la futura sociedad americana. La forma de asumir su papel en las WF está en los fundamentos de la corriente del diseño industrial, cuyo auge se presenta justo en los años treinta y que deriva en el estilo denominado streamline —futurista, aerodinámico—, aplicado en edificios, medios de trasporte aéreo y terrestre, aparatos domésticos, vías de comunicación, moda e innumerables artefactos.

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El diseño industrial es la clave para definir el estilo de la Expo, incorporando las tendencias vanguardistas y la corriente streamline en todo tipo de elementos materiales del dispositivo; los pabellones y espacios del recinto, sus contenidos, así como en artefactos domésticos, en los materiales, en los procesos mostrados y en los espacios urbanos simulados. Entre los especialistas convocados para integrar el equipo de trabajo se encuentran las figuras más importantes del momento en Estados Unidos. Philip L. Goodwin, del MoMA, se encarga de algunos de los exhibits en el Food Building, que promueve la comida del futuro con un enorme mural art–decó que representa nuevas formas de producción de alimentos, nuevos tipos de alimentos y nuevas formas de consumo (en nuevos tipos de restaurantes y tiendas, por ejemplo).

El diseño como estrategia de intervención para la trasformación de la vida social: el industrial, el urbano, el arquitectónico, el doméstico, el de modas, el del cuerpo, el de la alimentación y la salud, el de nuevos materiales; en fin, el diseño de la nueva sociedad americana. La ciencia aplicada, orientada a la producción de bienes de consumo, al rescate en la crisis del progreso en la Gran Depresión nacional y mundial. El consumo como la práctica de “libertad ciudadana” que se instalará en la población. La democracia como concepto integrador en la gran promesa de futuro, el ciudadano–consumidor incluido democráticamente en su proyecto. La recuperación del encanto a través de la publicidad y la venta de futuro como elementos de persuasión.


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